Resulta complicado hablar sobre algo tan complejo como lo es el Día Internacional de la Mujer en el que quiero expresar abiertamente que NO es un día para “felicitarlas” por el simple hecho de serlo. En días como este es común ver redes sociales llenas de comentarios sexistas y felicitaciones superficiales cuando el objetivo del día es conmemorar una situación política por la que miles de mujeres lucharon y muchas más murieron en la búsqueda de igualdad laboral y social entre hombres y mujeres durante e siglo XIX.

El rol de la mujer en el cine durante muchos años fue mandada a un plano secundario, como ayudante y sobre todo como damisela para rescatar. Afortunadamente la lucha por la equidad de género de muchas de ellas, las ha llevado a un plano tanto protagónico en las narrativas, así como detrás de cámaras en la fotografía, dirección, edición y todos los campos que éste maravilloso arte puede ofrecer.

Uno de los realizadores que de alguna manera ha enaltecido el rol protagónico de la mujer es Hayao Miyazaki, quien caracteriza sus historias de tener fuertes temáticas políticas y sociales envueltas en capas de misterio y fantasía que sin duda son una delicia visual en cada lectura.

El cine de Hayao Miyazaki se distingue por la fuerza de sus historias, en las que se aprecia un profundo sentido antropológico. Un contenido ético respecto al rumbo de la humanidad y la necesidad de un cambio de dirección, que permita restablecer el equilibrio entre los hombres, y la naturaleza. Estos aspectos se presentan, hasta cierto punto, de una manera didáctica. En la construcción de estas narraciones, la ambientación y la sólida caracterización de los personajes, especialmente los femeninos, contribuyen a la claridad y poder de su mensaje.

Las mujeres tienen un papel decisivo en el universo miyazakiano, más allá del hecho de protagonizar la mayoría de las películas del director. Ellas destacan por sus destrezas y su particular forma de hacer las cosas en la esfera social, así como en el ámbito doméstico. El carácter independiente y firme de la mujer miyazakiana, que se combina, a veces, con la fuerza física, no está reñida con una profunda feminidad, manifestada en la manera de enfrentar las situaciones que se les presentan. Su caracterización hace que estos personajes sean realmente especiales y sirvan como conducto para que “el espectador pueda adentrarse en la promesa que las historias del director nipón presentan como alternativa”.

Sus diversas procedencias y variadas ocupaciones dejan claro que la forma de ser de la mujer, su psicología y su feminidad es lo que interesa al autor, como ingrediente estratégico en la construcción de sus diégesis (espacios), tal y como él mismo ha expresado en algunas entrevistas: “Cualquier mujer es capaz de ser una heroína tanto como un hombre. Necesitarán un amigo, o un aliado, pero nunca un salvador.”

La protagonista miyazakiana es un personaje de contrastes. La juventud que la caracteriza se conjuga con los arduos conflictos externos que debe resolver. La sencillez de su diseño, en el que destacan los ojos redondos, de expresión inocente y honesta, hacen un hermoso contraste con su construcción psicológica, así como con el tipo de relaciones que establecen, en distintos niveles, con el resto de figuras y los elementos que conforman el mundo que habitan.

La principal contribución de los personajes femeninos a la obra de Hayao Miyazaki consiste en la complejidad que aportan a su universo. La multidimensionalidad de estas figuras, que conjugan fuerza y ternura, tradición y modernidad, pasión y razón, va más allá de las funciones narrativas de los personajes: heroínas, antagonistas y secundarias comparten cualidades en lo psicológico, lo que confiere un interés especial a las historias. Asimismo, la capacidad de interacción de la mujer miyazakiana con el resto de componentes del relato dota de atractivo las tensiones de la historia a diversos niveles, aportando humanidad y profundidad a los asuntos representados.

Los modelos de mujer en el mundo de Miyazaki constituyen una fuerza necesaria para impulsar el desarrollo social de los mundos su obra demostrando una gran capacidad de liderazgo y sacrificio.  En la conducción de ciudades, reinos y hogares, las heroínas muestran una clara tendencia hacia la reflexión, la generosidad y la empatía con otros.

El equilibrio entre fortaleza y ternura convierte a estos personajes en un factor idóneo de cambio hacia mundos más amables y equilibrados, como los que el director propone, cuyo modelo heroico destila dulzura, respeto y encanto. En este sentido, la propuesta de Miyazaki no tiene comparación con las de otras industrias, ni dentro ni fuera de Japón, encontrando muy pocas contrapropuestas incluso desde Occidente, entre las que se puede mencionar Coraline de Henry Selick (2009) o Brave de Brenda Chapman y Mark Andrews (2012).

La mujer miyazakiana tiene la ardua tarea de humanizar a la sociedad y lo logra a través de la metafora de la maternidad. En ella se hace presente una habilidad para reunir a otros, para crear hogar, a través de su manera de acoger y ayudar a los demás, así como por su papel como formadora de los hombres del futuro.

Cabe decir que lo dicho hasta ahora no implica que en el cine de Miyazaki se discrimine al personaje masculino en favor del femenino, sino todo lo contrario: lo muestra como complementario a la labor mediadora de la mujer, como corresponsable del destino del mundo, tal y como se aprecia en la relación que mantienen las protagonistas jóvenes con su interés romántico, así como la presencia de mentores varones en los filmes protagonizados por guerreras. Una imagen que Ashitaka y San ilustran a la perfección, cuando le devuelven la cabeza al dios del bosque para restablecer el equilibrio entre los hombres y su entorno.


 

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