Pasamos más horas a solas con el teléfono y el ordenador que con cualquier otro ser humano. A estas alturas de los acontecimientos muy pocos estarán en disposición de discutir este hecho. Dormimos con el móvil al lado de la cama: revisarlo es lo último que hacemos antes de dormir y lo primero que hacemos al abrir los ojos. La compañía estadounidense de investigación tecnológica Unisys asegura que una persona tarda como promedio veintiséis horas en denunciar el robo de una cartera. Pero si el objeto perdido es un teléfono, la denuncia se produce a los 68 minutos.

Portátiles y smartphones son nuestros compañeros constantes. Ante ellos nos quitamos la careta, no fingimos, somos lo que somos. Es una pena que ellos no puedan estar a la altura (de momento). Porque, por muchas horas que pases con tu laptop, él es incapaz de adivinar si estás triste y no puede reaccionar en consecuencia. Su inteligencia cognitiva resulta pasmosa, pero su capacidad emocional es nula. Estés eufórico, hundido en la melancolía o nervioso, siempre tendrás delante la misma máquina inteligente y fría. A pesar de ello, ese dispositivo es capaz de mantenerte absorto y aislado de tus amigos y parientes: de hecho, buen número de tus conexiones sociales tienen lugar a través de tus redes.

Pasamos más horas a solas con el teléfono y el ordenador que con cualquier otro ser humano. A estas alturas de los acontecimientos muy pocos estarán en disposición de discutir este hecho. Dormimos con el móvil al lado de la cama: revisarlo es lo último que hacemos antes de dormir y lo primero que hacemos al abrir los ojos. La compañía estadounidense de investigación tecnológica Unisys asegura que una persona tarda como promedio veintiséis horas en denunciar el robo de una cartera. Pero si el objeto perdido es un teléfono, la denuncia se produce a los 68 minutos.

Portátiles y smartphones son nuestros compañeros constantes. Ante ellos nos quitamos la careta, no fingimos, somos lo que somos. Es una pena que ellos no puedan estar a la altura (de momento). Porque, por muchas horas que pases con tu laptop, él es incapaz de adivinar si estás triste y no puede reaccionar en consecuencia. Su inteligencia cognitiva resulta pasmosa, pero su capacidad emocional es nula. Estés eufórico, hundido en la melancolía o nervioso, siempre tendrás delante la misma máquina inteligente y fría. A pesar de ello, ese dispositivo es capaz de mantenerte absorto y aislado de tus amigos y parientes: de hecho, buen número de tus conexiones sociales tienen lugar a través de tus redes.

“Los programadores deben considerar la perspectiva del afecto al crear un software destinado a interactuar con humanos”

Los expertos, hartos de advertir de la relativa deshumanización que subyace tras los amigos y amantes digitales, han buscado un inesperado giro al asunto: devolver las emociones al mundo de las interacciones digitales. Y el único modo de hacerlo es enseñar a las máquinas a interpretar las emociones y a reaccionar de un modo parecido a cómo lo haría un ser humano.

La señal definitiva es el destino que han dado últimamente a sus dineros algunos capitalistas de Sand Hill Road, esa colina próxima a la Universidad de Stanford donde se concentran los que invierten en el futuro que tú ni siquiera imaginas. Pues bien, estos prohombres han decidido invertir por primera vez en startups de nombres tiernos. A saber: Affectiva, eMotion, Realeyes, Sension o Emotient.

El tema lo introdujo, en 1995, Rosalind Picard, profesora del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), y entonces fue tratada con sarcasmo por sugerir que, para conseguir que una máquina fuera verdaderamente inteligente, había que dotarla de respuesta emocional. “Los programadores deben considerar la perspectiva del afecto al crear un software destinado a interactuar con humanos”, escribió. Luego amplió su teoría en el libro Affective Computing (Informática afectiva). Y, sin pretenderlo, bautizó un nuevo campo en las ciencias de la computación. Picard ha sido la inspiración para muchos investigadores, como la egipcia Rana el Kaliouby, quien, con su colaboración, ha creado el algoritmo Affdex, capaz de identificar la expresión de diferentes emociones a partir de rasgos faciales.

Affectiva, que salió del proyecto del MIT, es el origen de Affdex y, como casi todas las empresas centradas en las emociones, utiliza las investigaciones del psicólogo Paul Ekman, quien por cierto ha fichado por la competencia, la startup Emotient, creada por Marian Bartlett, profesora de la Universidad de California.

 

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